Los sonidos de mi reproductor son comunes,(los descubrimientos musicales se los dejos para los ambiguos o ambiguas, como les dejo el gusto por la apariencia intelectual, me incomoda mirarlos y me avergüenza. Ostentan, hablan, disfrazan imágenes, se encierran y crecen en un mundo de iconos y más iconos, tantos que es difícil de encontrar la esencia de cada uno, se vuelven sonidos desechables tan desechables que luego de unas semanas ni los recuerdan. Tristes melodías globales... ), tan comunes como mis ojos que suelen nublarse en los días de verano. Estoy en un estado de alegría, frenesís, éxtasis y caigo en la pena de una hora a otra, una especie de barranco emocional. Mis ganas de estar en punto cero siempre aparecen, como las ganas de vivir con los pies en el cielo y la cabeza en la tierra. Los sonidos ajenos me asustan, me insultan, me causan miedo, me gustan, me contagian, me enamoran, me apenan, me recuerdan, me impresionan, me alegran.
La verdad es que mi flor interior es sencilla, tan sencilla como la idea de un filosofo sumergido en sus vergüenzas.
Mis manos poco ofrecen y mi cabeza se enreda siempre con la lengua. Tengo poco que ofrecer. una parte es pura . Esta noche el frío descongela a la bestia de ese mar oscuro, me toca con la suavidad de su aliento.Una bestia hermosa, su tamaño es inimaginable, y sus colores son impensables, sus sabor es único, sus ojos son cálidos y su cuerpo es frió como la luna. Aparece cuando menos se le necesita, aparece cuando comienzo a sentir tanto amor que este me llega a desequilibrar. La bestia se pierde entre mis parpados cerrados. Me pesan las pestañas y me duele su agua.
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